Ella cambió sus alas por un corazón


Él era un muchacho que cargaba en su alma una mochila de cosas para dar, cada día salía al mundo a vivir su día a día, esperaba en una esquina a que algo pasase en su vida. Él se sentía solo, llenaba su existencia con cosas pero su vacío seguía sin llenarse.

Una tarde pasó frente a él un ángel vestido de mujer y observó en sus ojos lo que varios días veía al pasar, le miró a los ojos, le saludó buscando la respuesta a esa incertidumbre. Ella parecía dura, fuerte con mucho carácter y le sonrió, sin saber que no era así que ella era su ángel.

Cuando cruzaron sus primeras palabras, él le hizo reír, ¡ella se sintió tan bien! Y quiso saber qué era reír tanto. Él le miraba y le transmitía algo que ella no podía rechazar. Ella quiso conocer todos los sentimientos, quería sentir amor, quería saber qué se sentía al ser mimada, que la protejan, ella quería sentir todo eso. Pero no sabía cómo actuar ante tantos sentimientos que él cargaba en su mochila.

Y empezaron a disfrutar de cada palabra, de cada risa, ella reía sin parar a su lado y cuando no estaba, reía al recordar los motivos de esas risas hasta reír sola. La gente al pasar los veía juntos y reían al verlos reír así. Compartían sus días de cosas nuevas y se fueron uniendo cada vez más.

Él no se había sentido jamás así, conoció sentimientos nuevos y llenaba sus días, ese vacío ya no estaba en él. Hasta que no pudieron escapar del sentimiento del amor, se enamoraron sin darse cuenta, sin querer y sin saber hacia dónde iban. Pero se unieron tanto que ella podía sentir cada cosa de él, ya era parte de él y él de ella. Su parte fuerte en apariencias fue desapareciendo y ella se hizo vulnerable al dolor humano. Dejó de ser celestial para ir convirtiéndose en carnal pero no sabía que se hacía más débil. Y lo amó más que a ella misma.

Un día el cielo le dijo que si lo seguía amando así se volvería solo humana y ya nada volvería atrás, le mostró lo que pasaría si ella aceptaba eso, y ella lo eligió sobre ella, sobre todo. Otra vez miró al cielo y se preguntó para sí ¿por qué decidía eso, por qué no podía retroceder? Y se respondió que ella era él, él se hizo en ella su gran parte, más que su corazón.

Y pensó y conoció el miedo, y se asustó y quiso escapar, pero ya era tarde. Él era su piel, su pulmón, sus latidos. Él vivía en ella. Cuando se dio cuenta y quiso escapar, no se dio cuenta de que le lastimaba pero ella sentía ese dolor y decidió desistir de intentarlo y decidió acariciarle a cada instante aunque no le tocase.

Él la necesitaba a cada segundo, en cada cosa de su día a día y se asustó de no poder respirar sin ella, de saber que si ella no estaba su vacío volvía a aparecer. También por miedo, quiso huir y trató de lastimarla sin darse cuenta de que él también se lastimaba. Ellos eran uno. Hasta en la distancia y cerca aún más.

Ella dejó sus alas por un corazón y nada volvió a ser lo que era.
Ella no tiene tierra ni lugar pero tiene el corazón de ese muchacho de ojos tristes y ella le dejó sus alas y el corazón que adquirió con él, el corazón que él formó. Ella espera cada día juntarlos para darle en la tierra sus minutos, lo que queda de ella. Ella lo abraza en su piel, lo acaricia donde esté. Lo ama más allá de la vida, más allá del amor.FB_IMG_1541274116942

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